En el mundo de las coronas y los reflectores, donde el glamour se entreteje con el poder y la ambición, los concursos de belleza han sido durante décadas un escenario de sueños rotos y batallas invisibles. Como observador imparcial, no puedo evitar ver en ellos un reflejo distorsionado de nuestra sociedad: un lugar donde la belleza se mide en centímetros de cintura y likes en Instagram, pero donde la realidad golpea con una crueldad que va más allá del maquillaje. No se trata solo de escándalos virales o coronas arrebatadas; es un sistema que perpetúa estándares inalcanzables, fomenta abusos psicológicos y físicos, y expone a las participantes a peligros que ninguna “reina” debería enfrentar. En esta columna exploraré algunos de los episodios más notorios —desde el reciente enfrentamiento entre Nawat Itsaragrisil y Miss México hasta las voces valientes de reinas que han alzado la mano contra esta maquinaria— porque, al final, la verdadera guerra no es por el título, sino por la dignidad humana.
En un video transmitido en vivo, Nawat la llamó “cabeza tonta” (dumb head), la acusó de falta de respeto y ordenó a seguridad que la escoltara fuera del salón. “Estás en Tailandia, estás en un juego”, le espetó, mientras Bosch, de 26 años, respondía con firmeza: “Represento a mi país y no es mi culpa que tengas problemas con mi organización. Como mujeres, merecemos respeto”. El intercambio escaló hasta que varias concursantes, incluida la Miss Universo reinante, la danesa Victoria Kjær Theilvig, abandonaron la sala en solidaridad. Theilvig publicó después en Instagram: “Orgullosa para siempre de Fátima. Defenderse a una misma no siempre es fácil, pero es uno de los actos más importantes de autorrespeto y fuerza”.
La respuesta institucional llegó rápido. Raúl Rocha Cantú, director nacional de Miss Universo en México, emitió un comunicado condenando a Nawat por “humillar, insultar y mostrar falta de respeto a una mujer indefensa”, exigiendo que cesara inmediatamente su conducta y anunciando posibles acciones legales y corporativas. Nawat ofreció una disculpa genérica en un livestream posterior, sin mencionar directamente a Bosch, alegando que solo había dado un “consejo” y que lamentaba cualquier “incomodidad”.
Pero este no es un incidente aislado. Nawat arrastra un largo historial: en 2016 acusó a Miss Islandia Arna Ýr Jónsdóttir de estar “demasiado gorda” y le exigió bajar de peso; en 2022 criticó en vivo el cuerpo de Miss Vietnam; en 2024 insinuó, respecto a la ganadora de Miss Grand International Rachel Gupta, que su belleza se debía a cirugías plásticas. Su patrón de abuso verbal no es un simple “choque cultural”; es la manifestación más cruda de un ecosistema donde el poder se ejerce sobre los cuerpos femeninos y la “belleza” sirve de excusa para el control.
Este episodio con Miss México no es una anomalía. La historia de los pageants está plagada de escándalos que revelan la podredumbre detrás del brillo:
Vanessa Williams, primera mujer afroamericana en ganar Miss America (1983), fue despojada de su corona por fotos desnudo publicadas sin su consentimiento en Penthouse; el escándalo la llevó a intentos de suicidio y adicción.
Alicia Machado, Miss Universo 1996, fue apodada “Miss Cerda” por Donald Trump (entonces dueño del certamen) tras ganar peso, agravando sus trastornos alimenticios.
En 2024, las renuncias simultáneas de Noelia Voigt (Miss USA) y UmaSofia Srivastava (Miss Teen USA) destaparon un ambiente tóxico de acoso laboral y abuso mental por parte de la directiva Laylah Rose
El asesinato de la niña JonBenét Ramsey en 1996 puso el foco en los riesgos de explotación sexual infantil que conllevan los concursos de belleza para menores.
En medio de tanta oscuridad, han surgido reinas que transformaron el escenario en tribuna de resistencia. Fátima Bosch no es la primera: Victoria Kjær Theilvig ya había defendido causas feministas durante su reinado; Sheynnis Palacios (Miss Universo 2023) y Andrea Meza (2020) condenaron públicamente el incidente de Nawat; Anastasia Lin (Miss World Canadá 2015) fue vetada de la final en China por denunciar violaciones de derechos humanos; Cheslie Kryst (Miss USA 2019) luchó contra la injusticia racial hasta que, trágicamente, se quitó la vida en 2022 víctima de la misma presión que combatía. Estas mujeres no solo ganaron coronas; rompieron cadenas.
Desde mi perspectiva, la realidad de los concursos de belleza es mucho más cruel y peligrosa de lo que los flashes sugieren. Estudios indican que el 97 % de las mujeres experimenta al menos un episodio diario de odio hacia su propio cuerpo, cifra que se dispara entre quienes participan en pageants. Dietas extremas, cirugías y trastornos alimenticios son la norma; el riesgo de depresión y baja autoestima alcanza el 55 % entre exconcursantes. Para las niñas, el daño es aún mayor: los concursos infantiles las exponen a depredadores y marcan el inicio de una objetificación que dura toda la vida. No en vano países como Francia han prohibido estos eventos para menores.
En última instancia, la guerra de las coronas no se gana con aplausos efímeros, sino con reformas radicales. Es hora de que los pageants prioricen la voz sobre el vestido, la diversidad real sobre el eurocentrismo y el bienestar mental sobre el espectáculo. Mientras tanto, aplaudo a Fátima, a Victoria y a todas las reinas rebeldes que —corona o sin ella— han demostrado que la verdadera realeza nace del desafío. Porque en este circo de ilusiones, las que se atreven a quitarse la máscara son las que realmente iluminan el camino.
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