En el mundo de las coronas y los reflectores, donde el glamour se entreteje con el poder y la ambición, los concursos de belleza han sido durante décadas un escenario de sueños rotos y batallas invisibles. Como observador imparcial, no puedo evitar ver en ellos un reflejo distorsionado de nuestra sociedad: un lugar donde la belleza se mide en centímetros de cintura y likes en Instagram, pero donde la realidad golpea con una crueldad que va más allá del maquillaje. No se trata solo de escándalos virales o coronas arrebatadas; es un sistema que perpetúa estándares inalcanzables, fomenta abusos psicológicos y físicos, y expone a las participantes a peligros que ninguna “reina” debería enfrentar. En esta columna exploraré algunos de los episodios más notorios —desde el reciente enfrentamiento entre Nawat Itsaragrisil y Miss México hasta las voces valientes de reinas que han alzado la mano contra esta maquinaria— porque, al final, la verdadera guerra no es por el título, sino por la dignidad humana.