¿Por qué Naya Fácil siempre parece llegar antes que el Estado? La lección que Chile aún no aprende sobre las emergencias

Publicado el 22 de julio de 2026, 19:32

Las catástrofes tienen la virtud de desnudar las fortalezas y debilidades de un país con una crudeza que ningún discurso político puede ocultar. En cuestión de horas desaparecen las diferencias ideológicas y emerge una sola pregunta: ¿quién fue capaz de responder primero?

En Chile, la respuesta comienza a ser incómodamente recurrente.

No siempre es el Estado.

En los últimos años, una figura ajena a la política, sin ministerios, sin funcionarios, sin presupuesto fiscal y sin estructura burocrática ha conseguido movilizar ayuda en tiempos que la administración pública rara vez logra igualar: Naya Fácil.

La comparación puede parecer injusta. Y, en parte, lo es.

Un influencer no administra recursos públicos, no está sujeto a la Contraloría, no debe cumplir la Ley de Compras Públicas, ni responder por el principio de igualdad ante la ley en la distribución de beneficios. El Estado sí. Esa diferencia explica parte de la brecha en velocidad.

Pero la ciudadanía no evalúa procedimientos.

Evalúa resultados.

Y cuando una familia pasa su primera noche sin electricidad, sin agua o sin alimentos, la velocidad deja de ser un indicador administrativo para convertirse en la diferencia entre sentirse acompañado o abandonado.

Ese es el verdadero problema.

El Estado chileno no es pequeño. Es lento.

Chile destina cada año decenas de billones de pesos al gasto público y mantiene una compleja arquitectura institucional compuesta por ministerios, servicios públicos, gobiernos regionales, municipalidades, empresas estatales y organismos especializados para enfrentar emergencias.

En teoría, pocos países latinoamericanos poseen una capacidad institucional comparable.

Sin embargo, cada gran desastre deja la misma impresión: el tamaño del aparato estatal no se traduce necesariamente en rapidez.

La paradoja chilena es que el Estado ha aprendido a administrar con prudencia, pero no a reaccionar con agilidad.

Durante décadas, la preocupación principal fue evitar la corrupción, la discrecionalidad y el mal uso de los recursos públicos. Como respuesta, se construyó un sistema de controles, autorizaciones, revisiones jurídicas, procedimientos administrativos y mecanismos de fiscalización que, considerados individualmente, tienen sentido.

El problema aparece cuando todos esos controles operan simultáneamente durante una emergencia.

La consecuencia es un Estado extraordinariamente seguro para gastar, pero insuficientemente rápido para asistir.

La revolución que el Estado no vio venir

Mientras la administración pública sigue organizada bajo una lógica jerárquica propia del siglo XX, la sociedad ya opera bajo otra lógica completamente distinta.

La confianza dejó de construirse exclusivamente desde las instituciones.

Hoy también se construye desde las comunidades digitales.

Miles de personas son capaces de donar dinero en minutos porque observan el proceso en tiempo real, reciben información inmediata y sienten que participan directamente en la solución.

No esperan una conferencia de prensa.

No esperan un decreto.

No esperan un balance oficial.

Simplemente actúan.

El éxito de campañas ciudadanas como las impulsadas por Naya Fácil no constituye un fracaso de la solidaridad institucional.

Constituye una demostración de cómo cambió la forma en que la sociedad organiza la confianza.

Y el Estado todavía parece no haber comprendido la magnitud de esa transformación.

El verdadero riesgo no es Naya Fácil

Existe una tentación frecuente en parte de la clase política: observar estos fenómenos con cierta incomodidad, como si la popularidad de las campañas ciudadanas debilitara el rol estatal.

Es exactamente al revés.

Cada vez que una colecta privada logra responder antes que la institucionalidad pública, no disminuye la importancia del Estado.

La aumenta.

Porque evidencia aquello que solo el Estado puede resolver.

Una influencer puede comprar alimentos.

No puede reconstruir caminos.

Puede financiar ayuda inmediata.

No puede restablecer redes eléctricas, reconstruir hospitales, indemnizar pérdidas agrícolas ni coordinar la recuperación económica de una región completa.

El problema, entonces, no consiste en que existan ciudadanos organizados.

El problema consiste en que el Estado continúa llegando tarde incluso en aquello que sí le corresponde hacer.

La velocidad también es una política pública

Durante décadas, Chile discutió cuánto debía crecer el Estado.

Quizás llegó el momento de discutir algo distinto.

No cuánto gasta.

Sino qué tan rápido responde.

Porque una institución moderna no se mide únicamente por el volumen de su presupuesto, la cantidad de funcionarios o el número de organismos que posee.

También se mide por el tiempo que transcurre entre el desastre y la ayuda efectiva.

En economía existe un principio simple: una organización eficiente no es aquella que utiliza más recursos, sino aquella que obtiene mejores resultados con los recursos disponibles.

La administración pública chilena parece haber privilegiado la reducción del riesgo administrativo por sobre la velocidad operacional.

Ese equilibrio probablemente necesita ser revisado.

No para eliminar controles.

Sino para diseñar procedimientos excepcionales que permitan actuar con la rapidez que exige una emergencia sin sacrificar la transparencia.

 

La próxima emergencia volverá a hacer la misma pregunta

Chile seguirá enfrentando incendios, inundaciones, terremotos y temporales.

Eso no cambiará.

Lo que sí puede cambiar es la capacidad del Estado para responder antes de que la ciudadanía sienta la necesidad de organizarse por su cuenta.

Naya Fácil no representa una amenaza para la institucionalidad.

Representa un espejo.

Y los espejos rara vez son cómodos.

Cada peso que recauda en pocas horas es, al mismo tiempo, un acto de solidaridad y una pregunta dirigida al aparato público: ¿por qué una red social puede moverse más rápido que un Estado construido precisamente para proteger a sus ciudadanos en momentos como este?

Hasta que Chile responda esa pregunta con reformas concretas —digitalización de procesos, protocolos de respuesta más ágiles, descentralización efectiva y mayor autonomía operativa para las autoridades locales—, la historia seguirá repitiéndose.

No porque el Estado carezca de recursos.

Sino porque aún no ha aprendido que, en una emergencia, la velocidad también es una forma de justicia.


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