Sufrí racismo cuando volví a Chile... A los 14 años me apedrearon en la calle

Publicado el 24 de julio de 2026, 12:46

El testimonio de jóvenes chilenos que emigraron siendo niños y regresaron al país enfrentando una realidad que no esperaban: el rechazo de una sociedad que debía recibirlos como propios. 

Crecer entre dos culturas es, para muchos, una experiencia que enriquece la identidad. Pero para otros, ese proceso de ida y vuelta se convierte en una herida difícil de sanar. Así lo revela el testimonio de un joven chileno que vivió parte de su infancia en el extranjero y que, al regresar a su país de origen durante la adolescencia, se encontró con algo que nunca imaginó: el racismo. No desde afuera, sino desde adentro. No desde el extraño, sino desde el compatriota.

'Sufrí racismo cuando volví a Chile. A los 14 años me apedrearon en la calle', relata en primera persona quien vivió esta experiencia. La frase, tan directa como brutal, abre una conversación que Chile lleva demasiado tiempo evitando: la discriminación que enfrentan quienes regresan al país con rasgos físicos, acentos o costumbres distintas a las que ciertos sectores consideran 'lo chileno'

El retorno que nadie advierte

Cuando una familia emigra, el imaginario colectivo suele enfocarse en las dificultades de adaptarse al país de destino. Se habla del choque cultural, de aprender un nuevo idioma, de construir redes sociales desde cero. Lo que pocas veces se aborda con honestidad es qué ocurre cuando esa familia decide volver, especialmente cuando los hijos han crecido en otro contexto y llegan a Chile siendo ya adolescentes, con una identidad formada en otro suelo.

Para estos jóvenes, el retorno no es un regreso al hogar. Es, en muchos sentidos, una segunda emigración. Llegan a un país que en el papel es el suyo, pero que en la práctica los trata como foráneos. Si crecieron en países latinoamericanos con poblaciones afrodescendientes o indígenas más visibles, o si simplemente tienen rasgos que no encajan en el estereotipo de 'lo chileno', el rechazo puede ser inmediato y violento.

La experiencia de ser apedreado a los 14 años en una calle chilena no es un episodio aislado ni anecdótico. Es el síntoma de una sociedad que ha normalizado ciertas formas de violencia racial que, durante décadas, prefirió no nombrarse como tales.

Racismo en Chile: el debate que incomoda

Chile ha avanzado en el reconocimiento legal de la discriminación. La Ley Antidiscriminación, conocida como Ley Zamudio desde 2012, estableció mecanismos para denunciar y sancionar actos discriminatorios. Sin embargo, la brecha entre el marco legal y la realidad cotidiana sigue siendo enorme. Las denuncias son escasas en relación a la magnitud del fenómeno, y la discriminación racial en espacios públicos, escuelas y lugares de trabajo continúa siendo una experiencia documentada por organizaciones de derechos humanos y por investigadores sociales.

Lo que hace particularmente complejo el caso de los retornados es que su situación no encaja fácilmente en los discursos habituales sobre migración. No son migrantes extranjeros, son ciudadanos chilenos. Pero tampoco son percibidos como tales por quienes los rodean. Quedan atrapados en una zona de ambigüedad identitaria que los hace vulnerables: demasiado chilenos para el país donde vivieron, demasiado distintos para el Chile al que volvieron.

Esta condición de 'extranjero en la propia tierra' tiene consecuencias psicológicas profundas. La adolescencia es, por definición, el período en que las personas construyen su identidad. Ser rechazado con violencia física en ese momento del desarrollo no solo deja marcas emocionales: redefine la relación con el país, con la pertenencia y con la propia autoestima.

La violencia que no se ve como violencia

Apedrear a un adolescente en la calle es un acto de violencia física que, si ocurriera en cualquier otro contexto, generaría condena unánime. Sin embargo, cuando ese acto está motivado por el color de piel, el acento o los rasgos de la víctima, tiende a ser minimizado, invisibilizado o atribuido a 'chicos problemáticos' sin que se examine la raíz ideológica del gesto.

El racismo en Chile tiene una historia larga y poco discutida. Desde la discriminación histórica contra los pueblos originarios hasta el trato que han recibido las comunidades afrodescendientes del norte del país, pasando por las oleadas migratorias más recientes provenientes de Haití, Venezuela, Colombia y Perú, el país ha demostrado de manera recurrente que la diversidad le genera tensiones que no siempre procesa con madurez democrática.

En ese contexto, el testimonio de un joven que fue apedreado a los 14 años por ser percibido como 'diferente' no es solo una historia personal. Es un indicador cultural. Habla de lo que se enseña en los hogares, de lo que se tolera en las calles, de lo que se normaliza en los colegios cuando los adultos no intervienen ante el acoso racista.

El silencio como cómplice

Una de las dimensiones más dolorosas de estas experiencias es el silencio que las rodea. Muchos jóvenes que han vivido situaciones similares no las denuncian, no las reportan a las autoridades escolares y, en muchos casos, ni siquiera las comparten con sus familias. El miedo a no ser creídos, a que el episodio sea relativizado o a enfrentar represalias lleva a que estos hechos queden invisibilizados en las estadísticas y en el debate público.

Ese silencio también opera en el plano mediático y político. La discriminación racial contra chilenos retornados rara vez ocupa espacios en la agenda noticiosa. Se habla de racismo cuando el episodio es particularmente escandaloso o cuando involucra a figuras públicas, pero la violencia cotidiana y sistemática que enfrentan personas anónimas no suele tener cobertura sostenida.

Por eso, testimonios como el que originó esta nota tienen un valor que trasciende lo individual. Poner en palabras una experiencia que muchos han callado es el primer paso para que una sociedad la reconozca, la examine y, eventualmente, decida cambiar.

Una conversación pendiente

Chile está en un momento en que las preguntas sobre identidad nacional, pertenencia y diversidad son más urgentes que nunca. El aumento de la migración en la última década ha obligado al país a mirarse en un espejo incómodo. Pero la reflexión no debería limitarse al trato que reciben quienes llegan de otros países: debería extenderse también a quienes regresan, a quienes siempre estuvieron y a quienes, por razones históricas, siguen siendo ciudadanos de segunda clase en su propia tierra.

El testimonio de un joven apedreado a los 14 años en una calle chilena es, en ese sentido, una invitación a esa conversación. Una conversación que no puede seguir aplazándose.


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