Por qué los accidentes entre automóviles y motociclistas nos obligan a mirar más allá del semáforo y preguntarnos qué está pasando con nuestra atención, nuestra salud mental y la forma en que estamos construyendo nuestras ciudades.
Hay una escena de El juego del calamar que resulta incómodamente familiar cuando uno mira el tránsito de una ciudad como Santiago: una multitud avanza desesperadamente cuando escucha “luz verde” y se congela cuando llega la “luz roja”. Un segundo de más, un movimiento fuera de tiempo, y las consecuencias son irreversibles.
La ficción convierte un juego infantil en una metáfora brutal sobre la supervivencia.
La realidad no necesita una muñeca gigante para hacer lo mismo.
Basta un semáforo.
Basta una motocicleta.
Basta un automóvil.
Basta una fracción de segundo de distracción.
Y basta que dos personas interpreten de manera diferente aquello que ocurre frente a ellas.
Los recientes accidentes que han involucrado a motociclistas, como el protagonizado por Fran Maira en Lo Barnechea y el hecho que ahora involucra públicamente al periodista José Antonio Neme, vuelven a instalar una conversación que Chile no puede reducir a buscar rápidamente quién tuvo la culpa.
Porque cuando una motocicleta y un automóvil colisionan, hay algo mucho más importante que ganar una discusión en redes sociales: hay vidas que pueden cambiar para siempre.
En el caso de Fran Maira, los antecedentes publicados señalaron inicialmente que habría cruzado con luz verde mientras realizaba un viraje, y posteriormente registros de cámaras fueron incorporados a la investigación para determinar la dinámica del accidente. El motociclista resultó gravemente herido.
Ese episodio también abrió otra discusión: las condiciones en que circulaba la motocicleta. Medios reportaron que el conductor habría transitado sin luces, patente, documentos ni licencia, antecedentes que fueron parte del debate público, aunque la determinación de responsabilidades corresponde a la investigación y a la justicia.
Y ahí aparece una verdad incómoda: en seguridad vial casi nunca existe una sola variable.
El problema de creer que la luz verde significa “puedo avanzar”
Quizás el mayor error que cometemos al conducir es pensar que manejar consiste simplemente en obedecer colores.
Verde: avanzar.
Rojo: detenerse.
Pero conducir no es un videojuego.
La luz verde no elimina a los peatones.
No hace desaparecer a las motocicletas.
No garantiza que nadie vaya a cometer un error.
No convierte automáticamente una intersección en un espacio seguro.
Conducir exige interpretar constantemente el entorno.
Un conductor puede tener la preferencia y, aun así, necesitar anticipar el comportamiento de otro vehículo.
Puede tener luz verde y necesitar reducir la velocidad.
Puede tener derecho a avanzar y, sin embargo, necesitar mirar dos veces.
Porque tener la razón en una carretera no sirve de mucho cuando el resultado de la colisión puede ser irreversible.
CONASET identifica a motociclistas, ciclistas y peatones como usuarios vulnerables de las vías porque carecen de una carrocería que los proteja directamente frente a un impacto. En Chile, 215 motociclistas murieron en siniestros viales durante 2024, mientras que en la última década se registraron 1.898 fallecimientos de motociclistas.
Son números. Pero detrás de cada número había alguien que tenía nombre, familia, amigos, proyectos y una vida que continuar.
La paradoja de nuestra obsesión por llegar rápido
Aquí aparece otra pieza de este rompecabezas.
Vivimos intentando ahorrar minutos.
Queremos llegar antes.
Queremos adelantar.
Queremos evitar el taco.
Queremos ganarle al semáforo.
Queremos encontrar un espacio.
Queremos que el viaje dure menos.
El problema es que hemos convertido la eficiencia en una especie de religión urbana.
Y en esa búsqueda de eficiencia podemos terminar sacrificando justamente aquello que debería ser lo más eficiente de todo: llegar vivos.
Chile necesita hablar seriamente de infraestructura vial.
No solamente de castigos, multas y campañas.
También necesitamos ciudades capaces de absorber el volumen de vehículos que circulan diariamente, intersecciones mejor diseñadas, semáforos correctamente sincronizados, cruces más seguros, iluminación adecuada, vías para motocicletas y bicicletas, transporte público eficiente y soluciones que reduzcan los desplazamientos innecesarios.
Porque un conductor atrapado durante largos períodos en congestión no es una máquina.
Es una persona.
Y una persona sometida diariamente a estrés, presión, ruido, retrasos y frustración puede comenzar a conducir desde un estado emocional completamente diferente al que tenía cuando encendió el automóvil.
El taco también se mete dentro del auto
Hay una conversación pendiente sobre salud mental y conducción.
No porque podamos afirmar que el estrés sea la causa directa de cada accidente, sino porque sabemos que el estado emocional modifica la manera en que enfrentamos determinadas situaciones.
El tránsito puede convertirse en una sucesión de pequeñas provocaciones:
“Ese auto se me metió”.
“Ese no puso el intermitente”.
“¿Por qué este va tan lento?”.
“Voy atrasado”.
“Necesito llegar”.
“Me están esperando”.
“Voy a perder la reunión”.
“Este semáforo otra vez”.
Y entonces aparece la aceleración.
El adelantamiento.
La maniobra brusca.
La bocina.
La impaciencia.
La distancia insuficiente.
El teléfono.
La mirada que se va durante dos segundos.
El problema es que el cerebro humano no fue diseñado para procesar simultáneamente todas las exigencias de una ciudad moderna mientras controla una máquina de más de una tonelada rodeada de otras máquinas, motocicletas, peatones y ciclistas.
Estudios sobre conducción han encontrado asociaciones entre determinadas condiciones del entorno vial y aumentos de indicadores fisiológicos y emocionales de estrés. La distancia reducida con el vehículo delantero y determinadas situaciones de tráfico pueden generar respuestas abruptas de estrés en el conductor.
Por eso hablar de seguridad vial también significa hablar de salud mental, cansancio, ansiedad, frustración y capacidad de autocontrol.
No todo accidente nace de una persona irresponsable.
Pero tampoco podemos ignorar que nuestro estado mental influye en cómo reaccionamos frente al peligro.
¿Estamos conduciendo o compitiendo?
Tal vez esta sea la pregunta más importante.
Porque El juego del calamar funciona precisamente porque transforma la supervivencia en una competencia.
Todos quieren llegar primero.
Todos quieren ganar.
Todos saben que quedarse atrás tiene consecuencias.
Y algo parecido ocurre en nuestras calles.
El auto de al lado parece un rival.
La moto parece un obstáculo.
El peatón parece alguien que “se cruzó”.
El semáforo parece un enemigo.
El taco parece una afrenta personal.
Y el conductor comienza a competir contra todos.
Pero la calle no es una competencia.
No existe un premio por llegar 45 segundos antes.
No hay medalla por pasar primero.
No hay trofeo por adelantar a cinco autos.
Y definitivamente no hay victoria cuando una maniobra termina en una persona herida.
Luz verde no significa “desconéctate”
Quizás necesitamos resignificar los semáforos.
La luz verde debería significar:
puedes avanzar, pero permanece atento.
La luz roja debería significar:
detente y desconéctate de la urgencia.
Y la luz amarilla debería recordarnos algo todavía más importante:
el tránsito requiere tomar decisiones, no reaccionar impulsivamente.
En El juego del calamar, el movimiento es vigilado hasta el más mínimo gesto. En la vida real no existe una muñeca que detecte nuestra distracción. No hay cámaras que puedan prevenir cada error. No existe un botón para reiniciar.
Netflix describe precisamente el juego “Luz roja, luz verde” como una prueba donde los participantes deben avanzar cuando reciben la orden de avanzar y detenerse completamente ante la luz roja; el movimiento detectado después de la orden de detenerse implica la eliminación.
La diferencia es que en la ficción la eliminación es parte del espectáculo.
En nuestras calles, es una familia la que recibe la llamada.
Chile ha avanzado, pero no puede conformarse
Sería injusto decir que Chile no ha progresado en seguridad vial.
Durante 2024 murieron 1.439 personas en siniestros de tránsito, un 12% menos que en 2023 y la cifra más baja registrada en 25 años según CONASET. Sin embargo, durante 2025 se registraron nuevamente 1.507 fallecidos, un aumento de 5% respecto de 2024.
Las cifras demuestran que es posible avanzar.
Pero también demuestran que no podemos cantar victoria.
La seguridad vial requiere una estrategia integral: mejores conductores, mejores motociclistas, mejor fiscalización, mejores vehículos, mejor educación, mejor transporte público y, especialmente, mejor infraestructura.
Porque una ciudad que obliga a millones de personas a pasar horas diariamente atrapadas en congestión también está diseñando parte de las condiciones emocionales en las que esas personas conducen.
Y porque una infraestructura inteligente puede ayudar a que el error humano no termine necesariamente en una tragedia.
La verdadera “luz verde” es la atención
Quizás la solución más sencilla sea también la más difícil.
Estar presentes.
No conducir pensando en la reunión.
No conducir discutiendo mentalmente con alguien.
No conducir mirando el teléfono.
No conducir tratando de ganarle al reloj.
No conducir desde la rabia.
No conducir desde el cansancio extremo.
No conducir creyendo que todos los demás son el problema.
Conducir mirando.
Anticipando.
Dejando distancia.
Reduciendo cuando corresponde.
Mirando nuevamente aunque tengamos preferencia.
Entendiendo que una motocicleta puede aparecer en un ángulo muerto.
Recordando que detrás de cada casco hay una persona.
Y que detrás de cada volante también.
Tal vez la gran lección de El juego del calamar no sea que debemos aprender a sobrevivir a los demás.
Tal vez sea exactamente lo contrario.
Que nuestra supervivencia depende de entender que estamos jugando todos en el mismo espacio.
No necesitamos una muñeca gigante diciendo “luz roja, luz verde”.
Tenemos semáforos.
Tenemos señales.
Tenemos leyes.
Tenemos tecnología.
Tenemos infraestructura que puede y debe mejorar.
Pero ninguna de esas cosas reemplaza completamente al ser humano que está detrás del volante.
Por eso, antes de acelerar cuando aparece el verde, quizás deberíamos hacernos una pregunta:
¿Estoy realmente atento?
Porque en la carretera no existe una segunda oportunidad.
Y quizá la forma más sofisticada de conducir no sea hacerlo más rápido.
Sea hacerlo con suficiente atención como para que todos lleguemos a casa.
Luz verde para avanzar. Luz roja para detenerse. Y siempre, antes que cualquier color, una regla que no debería cambiar: la vida tiene la preferencia.
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