En los tres primeros trimestres de 2025, la economía chilena mostró una expansión moderada, aunque con una desaceleración progresiva. Según las Cuentas Nacionales publicadas por el Banco Central de Chile, el Producto Interno Bruto (PIB) registró un crecimiento interanual de aproximadamente 2,5-3% en el primer trimestre, 3,1% en el segundo y 1,6% en el tercero. Esta trayectoria refleja un inicio de año dinámico, impulsado por el consumo privado y sectores como el comercio y los servicios, seguido de una moderación en el tercer trimestre, donde la demanda interna siguió aportando positivamente (con un aumento de 5,8%), pero se vio afectada por una caída en la minería y un menor aporte del sector externo.
El impulso inicial se explicó en gran parte por la recuperación en el consumo de los hogares y una mayor inversión en maquinaria y equipo, que alcanzó su mayor alza en más de tres años en el tercer trimestre. Sin embargo, factores como la debilidad en la producción minera (con una caída de 6,5% en el tercer trimestre) y la reversión de algunos efectos de oferta temporales contribuyeron a la desaceleración. En términos desestacionalizados, la actividad económica mostró avances trimestrales positivos en los primeros dos períodos (alrededor de 0,7-0,8% y 0,4%, respectivamente), pero una contracción leve de 0,1% en el tercero respecto al trimestre anterior.
En el contexto regional, el desempeño de Chile se ubica en línea con el promedio de América Latina y el Caribe, donde la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) proyecta un crecimiento anual de alrededor de 2,2-2,4% para 2025, tras una expansión similar en años anteriores. Esta cifra refleja una fase de bajo dinamismo estructural en la región, con un promedio decenal de apenas 1,2% entre 2016 y 2025, inferior incluso al de décadas pasadas. Países como Brasil y México enfrentan proyecciones similares o ligeramente inferiores (alrededor de 2%), mientras que otros, como Argentina, muestran recuperaciones más pronunciadas tras recesiones previas.
Chile destaca por su mayor estabilidad macroeconómica en comparación con vecinos afectados por mayor volatilidad externa o interna, pero comparte desafíos comunes: dependencia de commodities (como el cobre en el caso chileno), baja inversión productiva y un crecimiento impulsado principalmente por el consumo privado más que por exportaciones o formación de capital a largo plazo. La región en su conjunto enfrenta restricciones por la desaceleración global, condiciones financieras más restrictivas y debilidad en la demanda externa, lo que limita el potencial de expansión.
Hacia fines de 2025, las proyecciones del Banco Central y analistas privados apuntan a un cierre anual en torno al 2,4-2,5%, lo que posicionaría a Chile cerca del promedio regional sin sobresalir significativamente. Este escenario subraya la necesidad de políticas que fomenten la productividad y la diversificación para superar la trampa de bajo crecimiento que afecta a Latinoamérica. Los datos del año en curso confirman que, aunque resiliente, la economía chilena no escapa a las dinámicas regionales de moderación.
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