Trump, la FIFA y la tarjeta roja: cuando el poder parece cambiar las reglas

Publicado el 7 de julio de 2026, 0:47

La tarjeta roja de Trump y la incómoda verdad sobre quiénes realmente están por encima de la ley

El fútbol suele presumir de una virtud que las democracias llevan siglos intentando alcanzar: las reglas son iguales para todos.

Al menos, esa es la promesa.

Un árbitro observa una infracción. El VAR revisa la jugada desde todos los ángulos posibles. Se confirma la tarjeta roja. La decisión parece definitiva. El reglamento ha hablado.

Eso fue exactamente lo que ocurrió con el delantero estadounidense Folarin Balogun durante el Mundial de 2026. El árbitro mostró la tarjeta roja tras revisar la acción en el monitor del VAR y la suspensión automática para el siguiente partido quedó establecida conforme al reglamento.

Entonces ocurrió algo que no aparece en las Reglas de Juego.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, llamó al presidente de la FIFA, Gianni Infantino, para pedir que el caso fuera revisado. Días después, el comité disciplinario dejó sin efecto la suspensión y Balogun pudo disputar los octavos de final. Trump reconoció públicamente haber realizado la llamada, insistiendo en que solo solicitó una revisión y no un resultado específico. Aun así, la decisión provocó una ola de cuestionamientos desde federaciones, dirigentes y analistas deportivos sobre la independencia del proceso. 

Pero quizá la historia nunca trató de fútbol.

Porque la verdadera pregunta es otra.

¿Qué ocurre cuando quien debe obedecer las reglas también tiene el poder suficiente para influir en quienes las aplican?

Esa pregunta atraviesa mucho más que un estadio.

Es la misma pregunta que aparece cuando un ciudadano común enfrenta un juicio mientras un expresidente, un multimillonario o un gran empresario dispone de años de recursos judiciales, equipos de abogados, influencia política y capacidad para convertir un proceso legal en una batalla pública.

Donald Trump ilustra esa paradoja como pocos líderes contemporáneos.

Ha sido declarado culpable en un proceso penal y ha enfrentado múltiples investigaciones civiles y penales. Sin embargo, continúa participando activamente en la política, mientras muchos de esos procesos siguen recorriendo un largo camino de apelaciones, recursos y debates constitucionales. Ese derecho existe y forma parte del Estado de derecho. Pero también evidencia una realidad difícil de ignorar: no todos tienen la misma capacidad para utilizar el sistema en su favor.

Las leyes son iguales.

El acceso al poder para enfrentarlas, no.

Ahí reside una de las mayores contradicciones de nuestras sociedades.

Quienes ocupan posiciones de poder suelen ser también quienes impulsan discursos sobre el respeto a las instituciones, la importancia del orden y el cumplimiento de las normas. Sin embargo, cuando esas mismas normas amenazan sus propios intereses, aparecen excepciones, interpretaciones, presiones o caminos alternativos que rara vez están disponibles para el resto.

No siempre ocurre mediante corrupción.

Muchas veces sucede de forma perfectamente legal.

Una llamada.

Una influencia.

Una relación.

Una capacidad de acceso que la mayoría jamás tendrá.

Por eso el episodio de la FIFA resulta tan simbólico.

No importa únicamente si la decisión final fue correcta o incorrecta. Lo que inquieta es la percepción de que una resolución que parecía definitiva dejó de serlo después de la intervención del hombre más poderoso del país anfitrión.

La confianza en cualquier sistema —sea deportivo, judicial o democrático— depende menos de que nunca se equivoque y mucho más de que nadie pueda doblar sus reglas desde fuera.

Cuando esa confianza desaparece, las instituciones dejan de parecer árbitros imparciales y comienzan a verse como escenarios donde el resultado depende del peso político de cada protagonista.

La tarjeta roja termina siendo una metáfora.

Porque en la vida cotidiana millones de personas reciben sanciones inmediatas por errores mucho menores: pierden un empleo, pagan multas, enfrentan procesos judiciales o cumplen condenas sin disponer de teléfonos privilegiados, asesores influyentes ni puertas abiertas.

Los poderosos también dicen creer en las reglas.

La diferencia es que, cuando las reglas los alcanzan, casi siempre tienen una oportunidad más.

Y quizá ese sea el mayor privilegio del poder.

No crear las leyes.

Sino descubrir que, llegado el momento, siempre existe alguien dispuesto a reinterpretarlas.


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