Ítalo Omegna y el club de los imprescindibles: el video que destapó una incómoda verdad sobre el poder en Chile

Publicado el 26 de julio de 2026, 15:15

La caída del exasesor parlamentario no solo abre un debate sobre los límites del discurso público. También expone una pregunta que Chile lleva décadas evitando: ¿por qué los mismos nombres concentran siempre las oportunidades mientras miles de profesionales quedan fuera del sistema?

La historia comenzó con un video.

Terminó con dos renuncias.

Pero probablemente no debería terminar ahí.

La salida de Ítalo Omegna como asesor parlamentario y su desvinculación del Instituto Mises, tras la difusión de un registro con comentarios sobre menores de edad y niños con trastorno del espectro autista (TEA), era, en cierta medida, predecible. En una sociedad donde las redes sociales funcionan como tribunal permanente de la reputación, las organizaciones reaccionan cada vez más rápido para proteger su legitimidad.

Eso es la superficie.

Lo interesante está debajo.

Porque el caso Omegna no solo habla de cancelación, responsabilidad pública o libertad de expresión. Habla, sobre todo, de quiénes llegan a ocupar los espacios de poder en Chile y por qué, una y otra vez, parecen ser siempre los mismos.

La república del “yo también trabajo ahí”

Chile convive con una contradicción que rara vez ocupa titulares.

Mientras el desempleo bordea el 9%, existe una pequeña élite profesional que parece desafiar todas las leyes del mercado laboral.

Son asesores parlamentarios.

También investigadores.

También académicos.

También directores ejecutivos.

También miembros de fundaciones.

También panelistas.

También consultores.

También integrantes de centros de pensamiento.

También ocupan directorios.

No es ilegal.

Muchas veces tampoco es inmoral.

Pero sí merece una pregunta incómoda.

¿Cómo puede existir simultáneamente un país donde miles de profesionales altamente calificados no encuentran empleo y otro donde un reducido grupo acumula cuatro, cinco o incluso seis responsabilidades remuneradas?

Quizás el problema no sea la capacidad de esas personas.

Quizás el problema sea el diseño del sistema.

El nepotismo ya no necesita apellidos

Cuando se habla de nepotismo, la imagen suele ser simple: un padre nombrando a un hijo.

Pero el siglo XXI sofisticó el fenómeno.

Hoy el privilegio funciona mediante redes.

Excompañeros de universidad.

Amigos de partidos.

Exasesores que recomiendan exasesores.

Centros de estudio que alimentan gobiernos.

Gobiernos que alimentan directorios.

Directorios que alimentan consultorías.

No siempre hay ilegalidad.

Lo que existe es algo más difícil de combatir: la reproducción permanente del mismo círculo.

Las oportunidades no desaparecen.

Simplemente dejan de circular.

El mito del talento irreemplazable

Cada vez que un cargo queda vacante, aparece el mismo argumento.

“No había otra persona.”

“Era el indicado.”

“Conocía perfectamente el tema.”

La frase parece razonable hasta que se multiplica.

Entonces aparecen los biministros.

Los asesores con tres contratos.

Los expertos presentes en todas las comisiones.

Los analistas invitados a todos los programas.

Los mismos nombres escribiendo las mismas columnas.

La pregunta ya no es si son competentes.

La pregunta es otra.

¿Chile produce tan poco talento que necesita convertir a algunas personas en funcionarios multitarea?

¿O simplemente dejamos de buscar fuera del mismo círculo?

Las democracias saludables no dependen de individuos extraordinarios.

Dependen de instituciones capaces de renovar constantemente a quienes las integran.

Cuando una democracia comienza a creer que ciertas personas son indispensables, empieza a parecerse peligrosamente a aquello que dice combatir.

Dos ministerios, una sola cabeza

La existencia de ministros que administran simultáneamente dos carteras suele justificarse como una señal de confianza presidencial o eficiencia administrativa.

Pero toda decisión tiene un costo de oportunidad.

Cada cartera representa miles de funcionarios, presupuestos multimillonarios y políticas públicas que afectan directamente la vida de millones de personas.

¿Puede una sola persona dedicar el mismo nivel de atención estratégica a ambas?

Y, si la respuesta es sí, surge otra pregunta aún más inquietante.

¿Entonces realmente necesitábamos dos ministerios distintos?

Si la respuesta es no, el problema es diferente.

Estamos aceptando como normal una concentración de responsabilidades que contradice el principio mismo de distribuir el poder y aprovechar el capital humano disponible.

Cuando el debate involucra a niños, ya no existe espacio para la frivolidad

El contenido atribuido a Omegna generó rechazo porque involucraba referencias a menores de edad y a niños con trastorno del espectro autista.

Es importante distinguir conceptos.

La pedofilia describe una atracción sexual hacia niños prepuberales; el abuso sexual infantil, en cambio, es un delito que implica la vulneración de derechos de niños, niñas y adolescentes. Ambos temas exigen un tratamiento serio, responsable y basado en evidencia.

No son asuntos para trivializar.

Tampoco para utilizarlos únicamente como combustible en una guerra cultural.

En una sociedad donde miles de familias enfrentan las consecuencias del abuso infantil o luchan diariamente por la inclusión de niños con discapacidad, cualquier discurso público que banalice estas realidades inevitablemente genera indignación.

Y esa indignación merece ser escuchada.

Las redes sociales cambiaron el poder

Durante décadas, el prestigio era construido por instituciones.

Hoy también puede destruirse desde un teléfono.

Las redes sociales democratizaron la fiscalización.

Ya no son solo los medios quienes observan.

Observan los ciudadanos.

Observan los electores.

Observan los propios trabajadores.

Ese cambio ha hecho más transparente el ejercicio del poder.

Pero también más frágil.

La reputación ya no pertenece exclusivamente a quien la construye.

Pertenece, en parte, al juicio permanente de la sociedad.

La pregunta que queda cuando termina la polémica

Es probable que dentro de algunas semanas el nombre de Ítalo Omegna desaparezca de las tendencias.

Llegará otra controversia.

Otro video.

Otra renuncia.

Otro ciclo de indignación.

Lo que probablemente seguirá intacto será el sistema que permitió que una parte importante de las oportunidades continúe concentrándose en un grupo reducido de personas.

Tal vez la verdadera noticia nunca fue el video.

Tal vez la verdadera noticia sea que Chile sigue funcionando como un club donde los cargos circulan entre quienes ya estaban dentro.

Y mientras ese club continúa repartiéndose asesorías, ministerios, directorios y espacios de influencia, miles de profesionales siguen esperando una primera oportunidad.

No porque les falte talento.

Sino porque, muchas veces, nunca reciben la invitación para entrar.


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