En Chile tenemos un vicio cultural tan arraigado como el Complejo de Inferioridad: ignorar, minimizar o directamente despreciar al artista local hasta que un gringo, europeo o famoso internacional le da el visto bueno. Entonces, de repente, todos éramos fans de toda la vida y nos llenamos la boca de orgullo patrio.
Es el clásico “no puedes ser profeta en tu tierra”. Mon Laferte tuvo que construirse una carrera sólida en México y ganar reconocimiento fuera para que en Chile la trataran como la diosa que es. Paloma Mami, con su flow neoyorquino-chileno y su estética urbana, generó más ruido inicial en el extranjero que en su propio país. El patrón se repite: mientras el artista está “acá nomás”, haciendo música desde Puente Alto, La Pintana o cualquier barrio real, muchos lo miran con desconfianza o indiferencia. “Es muy calle”, “es reggaetón nomás”, “no es serio”.
El caso más reciente y evidente es Sinaka. Cuando el y KattEyes sacaron “Aló”, el tema circulaba principalmente en círculos urbanos chilenos. Muchos lo catalogaron como “perreo más de lo mismo” o simplemente lo ignoraron. Pero bastó que Joe y Nick Jonas se sumaran al trend en TikTok para que el país entero enloqueciera. De pronto, Sinaka era trending, los medios la entrevistaban y los mismos que la miraban por sobre el hombro ahora compartían el video con banderita chilena incluida. ¿Qué cambió? Que los Jonas Brothers —blancos, gringos, famosos— le dieron su bendición.
Lo mismo ha pasado con Pailita, uno de los artistas urbanos más potentes del momento. Sus éxitos masivos en Chile y su capacidad de colaborar con figuras internacionales del reggaetón no siempre fueron recibidos con el mismo entusiasmo que cuando logra hits globales. Hay un sector que solo valora lo nuestro cuando suena en playlists extranjeras o cuando Billboard lo registra.
Este comportamiento revela algo más profundo y incómodo: un rechazo sutil a lo no eurocéntrico hasta que el mainstream blanco o anglosajón lo valida. La música urbana chilena —trap, reggaetón, perreo, dembow— nace mayoritariamente de sectores populares, con influencias afrocaribeñas, mestizas y callejeras. Esa estética, esos flows y esos temas (dinero, barrio, sexo, superación) incomodan a cierta élite cultural que prefiere el rock en inglés de los 90, el indie alternativo o la balada “profunda”. Pero cuando un artista chileno de estos géneros “rompe afuera”, el discurso cambia mágicamente a “¡Mira cómo Chile está exportando talento!”.
Es un colonialismo cultural invertido. Necesitamos el aval del “blanco foráneo” para sentir que nuestra cultura es legítima. Mientras tanto, seguimos llenando estadios de artistas internacionales y dejando que talentos locales peleen por migajas de difusión en radios y plataformas.
Chile tiene una escena musical rica, diversa y con mucha hambre. Artistas como Julianno Sosa, Pailita, Sinaka, Polimá Westcoast y muchos otros están creando desde la realidad del país, sin pedir permiso. Apoyarlos desde el principio, sin esperar que un famoso gringo les dé like, no es solo justicia. Es coherencia. Porque si solo valoramos lo nuestro cuando otros lo valoran, nunca seremos dueños de nuestra propia cultura.
Es hora de dejar de ser hinchas de exportación y empezar a ser hinchas de verdad.
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