La NASA lanzó la misión Artemis II: la primera tripulada hacia la Luna en más de 50 años. Cuatro astronautas (Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen) viajan en la nave Orion acoplada al cohete SLS en una órbita lunar de 10 días. No aterrizarán, pero el espectáculo es imponente. Y justo en este momento, en Chile y en gran parte del mundo, la gasolina y el diésel han sufrido alzas históricas: la bencina subió cerca de un 30-44% y el diésel hasta un 60% en cuestión de días, por el “shock petrolero” ligado a tensiones en Medio Oriente. El gobierno chileno transfirió el costo internacional directamente al bolsillo de la gente, y las bencineras colapsaron. ¿Coincidencia o ironía brutal?
Mientras millones de chilenos calculan cómo llegar a fin de mes con el estanque lleno, la NASA consume más de 700.000 galones (alrededor de 2,6 a 2,8 millones de litros) de propelente criogénico (hidrógeno líquido y oxígeno líquido) solo para levantar el SLS. No es “petróleo crudo” en el sentido tradicional de la gasolina C que usamos en el auto, pero sí energía intensiva derivada de procesos que dependen de hidrocarburos. ¿Cuánto petróleo equivalente necesita la NASA para el éxito de Artemis II? Las cifras oficiales hablan de propelentes criogénicos, no de barriles de crudo directo, pero el costo energético y ambiental es real: cada lanzamiento espacial genera emisiones de CO₂, carbono negro y partículas que afectan la estratósfera. Un solo despegue del SLS equivale a miles de vuelos comerciales en contaminación atmosférica.
Y aquí viene la pregunta que nadie quiere hacerse en voz alta: ¿es realmente necesario ir a la Luna ahora? Mientras 2.100 millones de personas en el planeta (más de uno de cada cuatro habitantes del mundo, según datos actualizados de la OMS y UNICEF en 2025-2026) no tienen acceso a agua potable gestionada de forma segura, gastamos miles de millones en volver a un satélite que ya visitamos hace décadas. ¿Prioridades? La Luna puede esperar. El agua, no. Millones de mujeres y niñas siguen dedicando cientos de millones de horas al día a buscar agua contaminada. ¿No sería más urgente invertir esos recursos en plantas desalinizadoras, pozos y saneamiento básico?
Peor aún: ¿fueron reales los viajes a la Luna del Apolo o fueron, en parte, una herramienta de disuasión en plena Guerra Fría? La evidencia científica es abrumadora (muestras lunares, reflectores láser que aún usamos, imágenes de terceros países). Pero la duda persiste en muchos porque, en tiempos de guerra, las potencias siempre han usado la exploración espacial como propaganda. Hoy, con Artemis, volvemos a lo mismo: mientras hay crisis económicas globales y falta de combustible, celebramos un hito que, para muchos, parece más un show de superioridad tecnológica que una solución real a los problemas terrestres.
Y no olvidemos la contaminación. Las guerras contaminan infinitamente más que los viajes espaciales. Los ejércitos del mundo (solo Estados Unidos ya es uno de los mayores consumidores institucionales de petróleo) generan alrededor del 5,5% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. Una guerra como la de Ucrania produjo más de 230 millones de toneladas de CO₂ en un año; la de Gaza, decenas de millones más. Un solo lanzamiento espacial es una gota en el océano comparado con los incendios, bombardeos y derrames que dejan los conflictos armados. Pero eso no absuelve a la NASA ni a las agencias espaciales: cada cohete suma.
Artemis II es impresionante desde el punto de vista técnico. Pero en medio de la crisis económica, los alzas desmedidas de la gasolina y la falta de agua potable para miles de millones, uno se pregunta: ¿no sería más inteligente resolver primero los problemas de la Tierra antes de soñar con colonias lunares? La Luna seguirá ahí. El agua y el combustible para los que vivimos aquí abajo, no tanto.
¿Qué opinas tú? ¿Vale la pena el viaje al espacio mientras la Tierra pide auxilio? La discusión está abierta.
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